InicioArtículosQUÉ LE IMPORTA A YUCATÁN EL PLAN B
Ver y Más

QUÉ LE IMPORTA A YUCATÁN EL PLAN B

Josué Sánchez

15 de abril de 20263 min de lectura

- #Editorial Bajo la Lupa por Eduardo Alam Bentata

QUÉ LE IMPORTA A YUCATÁN EL PLAN B
En medio del ruido nacional, del discurso de austeridad y de las advertencias sobre el rediseño institucional, conviene hacer una pausa y mirar el dato frío. No el que se grita en tribuna ni el que se viraliza en redes, sino el que realmente impacta en la operación política de un estado concreto. En este caso, Yucatán. La pregunta es simple y directa. Qué tanto cambia la vida pública yucateca con el llamado Plan B impulsado por la presidenta Claudia Sheinbaum. La respuesta, al menos en lo que respecta a la integración de los ayuntamientos, es incómodamente sencilla. Prácticamente nada. El Decreto 169 de 2026, aprobado por el Congreso del Estado de Yucatán, definió con precisión el número de integrantes de los cabildos para el periodo 2027 a 2030. Ese modelo responde a criterios poblacionales y administrativos propios del estado. No es un capricho ni una ocurrencia, es un diseño institucional consolidado. Es, además, el reflejo de una realidad territorial donde conviven municipios rurales pequeños con una capital que concentra población, servicios y poder político. La distribución es clara Municipios con 5 regidurías 48 Municipios con 8 regidurías 29 Municipios con 11 regidurías 28 Mérida con 19 regidurías 1 El total asciende a 799 regidurías en todo el estado. Este esquema no es menor. Determina cómo se construyen mayorías en los cabildos, cómo se negocian decisiones locales y, sobre todo, cómo se distribuye la representación política en comunidades donde cada asiento tiene un peso real. En municipios de cinco regidores, una sola posición puede cambiar el rumbo de una administración. En ese nivel de cercanía, hablar de números es hablar de poder. Ahora bien, uno de los planteamientos más llamativos del Plan B era la idea de establecer un piso mínimo de regidores. Esa propuesta, que en su momento generó preocupación por el crecimiento artificial de los cabildos, fue abandonada. Y ese detalle cambia todo el análisis. Al desaparecer ese mínimo obligatorio, los municipios yucatecos permanecen intactos. Ninguno, salvo Mérida, pierde regidurías. Ninguno se ve obligado a crecer. Ninguno cambia su estructura. La reforma, en este punto, pasa de ser una posible intervención profunda a un ajuste prácticamente imperceptible. El único ajuste real ocurre en la capital del estado. Mérida pasaría de contar con 17 regidurías a 15, manteniendo su presidencia municipal y su sindicatura. En términos prácticos, la reducción es de dos posiciones dentro de un universo de 799. La consecuencia es evidente. Yucatán pasaría de 799 a 797 representantes municipales. Dos. Esa es la magnitud del impacto. La discusión nacional habla de transformación, de reconfiguración del poder, de rediseño institucional. En Yucatán, el efecto concreto es la eliminación de dos regidurías en un solo municipio. Nada más. Ni rediseño territorial, ni reingeniería política, ni ajuste estructural relevante. Incluso si se analiza desde una perspectiva presupuestal, el efecto sigue siendo marginal. Si se considera un salario aproximado de 80 mil pesos mensuales por regiduría en Mérida, la reducción de dos posiciones implicaría un ahorro cercano a dos millones de pesos al año. En el contexto del gasto público estatal y municipal, esa cifra es simbólica. En cuanto al Congreso del Estado, el argumento de austeridad también pierde fuerza cuando se revisan los números. El Poder Legislativo local representa aproximadamente el 0.51 por ciento del presupuesto estatal. Es una proporción marginal dentro del gasto público total, lo que significa que incluso ajustes relevantes en su estructura tendrían efectos limitados en las finanzas públicas generales. El Plan B introduce una variable adicional. El presupuesto del Congreso podría incrementarse en los próximos años conforme a la inflación. Es decir, en un escenario de alta inflación, el Congreso sería uno de los pocos entes con crecimiento presupuestal asegurado. La paradoja es evidente. En nombre de la austeridad, se abre una puerta a incrementos automáticos que podrían superar cualquier ahorro generado por la reducción de cargos. El caso del Instituto Electoral y de Participación Ciudadana de Yucatán tampoco representa una ruptura significativa. El tope salarial vinculado al ingreso de la presidencia de la república no genera un impacto real, en buena medida porque los sueldos actuales ya se encuentran por debajo de ese límite. Si acaso, el propio instituto ha mostrado disposición a ajustar aún más sus percepciones, lo que refuerza la idea de que el cambio normativo llega a un terreno donde el ajuste ya estaba, en los hechos, internalizado. Más aún, el diseño electoral local no depende únicamente de los salarios o del número de integrantes, sino de la capacidad operativa y técnica de sus instituciones. En ese sentido, el Plan B no introduce modificaciones que alteren de manera significativa la organización de los procesos electorales en el estado. La conclusión es inevitable. El Plan B podrá tener implicaciones relevantes en otras entidades, podrá generar debates legítimos sobre centralización o diseño institucional, pero en Yucatán su impacto es, en términos estrictamente cuantificables, mínimo. La política nacional suele construirse desde la grandilocuencia. Reformas históricas, cambios de régimen, transformaciones profundas. Sin embargo, cuando se aterrizan en el territorio, muchas de esas narrativas se diluyen y quedan reducidas a ajustes menores que difícilmente justifican el tamaño del discurso que las acompaña. En Yucatán, el Plan B no redefine el poder municipal. No reduce de manera sustancial el gasto público. No altera el equilibrio político local. No cambia la lógica con la que se toman decisiones en los ayuntamientos ni modifica la dinámica real de representación. A Yucatán, el Plan B le importa poco. Y ese, precisamente, es el dato más revelador de todos.